Había una vez una ardilla pequeña llamada Lila. Tenía una cola esponjosa y unos ojos muy curiosos. Vivía en un bosque otoñal lleno de hojas naranjas, rojas y doradas que crujían al caminar.
Un día, Lila salió a buscar nueces para el invierno. “Debo guardar muchas”, dijo mirando los árboles altos. “Así no pasaré frío ni hambre”.
Primero encontró una nuez grande y brillante. “¡Qué suerte!”, dijo feliz. La tomó y la enterró cerca de una roca. Pero cuando volvió más tarde… ¡la nuez ya no estaba!
—Oh no… ¿dónde se fue? —susurró Lila, moviendo su colita.
Entonces buscó otra nuez, y otra más. Las escondió bajo hojas, junto a raíces y cerca de flores secas. Pero el viento soplaba fuerte en el bosque otoñal… y algunas nueces desaparecían.
—No te rindas —le dijo un pajarito desde una rama—. Sigue intentando.
Lila respiró hondo y asintió. “Está bien. Buscaré más y las esconderé mejor”. Entonces cavó hoyos más profundos y eligió lugares más seguros.
Día tras día, Lila siguió buscando. Aunque perdía algunas nueces, siempre volvía a intentarlo. Sus patitas se cansaban, pero su corazón seguía fuerte.
Finalmente, cuando el aire se volvió frío y el invierno llegó, Lila fue a buscar sus reservas. Para su sorpresa, encontró muchas nueces bien guardadas.
—¡Lo logré! —dijo sonriendo—. No me rendí.
El pajarito voló cerca y cantó alegre. Lila se acomodó en su hogar, calentita y tranquila, mientras afuera caían suaves copos de nieve.
Desde ese día, la pequeña ardilla siguió siendo curiosa, pero también aprendió que intentar una y otra vez siempre trae buenos frutos.
Fin. 🍂
